La Cocina Como Primer Santuario
En cualquier hogar mexicano, todo pasa en la cocina.
Las conversaciones importantes ocurren mientras alguien pica cebolla, revuelve una olla o espera a que hierva el agua. Ahí llegan las noticias difíciles. Ahí se reconcilian silencios. Se escucha mejor porque las manos están ocupadas y el cuerpo baja la guardia.
En México, la cocina no es sólo un espacio funcional. Es emocional.
Quizá todos hemos llorado al menos una vez mientras cocinamos. No siempre de tristeza. A veces de cansancio, de alivio, de nostalgia. El calor y los aromas abren un espacio donde la emoción encuentra salida.
Comer nunca fue sólo alimentarse. En nuestra cultura, la comida es presencia. Es compañía. Es una forma de decir “aquí estoy” sin palabras. Como cuando, en lugar de decir “lo siento”, se pregunta: “¿vas a querer comer?”. Una bandera blanca suficiente. Porque en la cocina, el cuidado no siempre se nombra; se sirve.
La comida se sirve caliente, se comparte, se repite. No se mide con precisión: se ajusta al ojo y al recuerdo. Así se transmite el cuidado.
El gusto y el olfato son sentidos directos. Nos conectan con el hogar, con la infancia, con quienes nos cuidaron antes de que supiéramos pedirlo.
Hay platillos que no volveremos a probar igual, porque quien los preparaba ya no está. Y aun así, basta un aroma o un sabor cercano para que todo regrese por un instante: la mesa, la voz, la sensación de estar a salvo.
También están los sonidos. El “¡ya está la comida!” que subía de volumen con cada intento fallido por hacernos bajar cuando éramos adolescentes. Primero aviso, luego advertencia, finalmente sentencia. Impaciencia, sí, pero también cuidado.
La cocina guarda esas memorias. Es un archivo vivo.
En un mundo que confunde bienestar con perfección, la cocina recuerda otra cosa: el cuidado real es cotidiano, imperfecto, a veces caótico. No todo necesita optimizarse. A veces, lo suficiente es sentarse a comer algo sencillo, hecho en casa.
La cocina —y el hogar— son el primer santuario: ahí el cuerpo aprende a sentir antes que a entender.
A veces no recordamos las palabras, pero sí el sabor.
No recordamos la fecha, pero sí el aroma.
Y aunque la casa cambie, aunque algunas voces ya no estén, el cuerpo no olvida dónde fue cuidado por primera, o por última vez.
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